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Editorial: 12min
En los primeros días de abril de dos mil veintiséis, una pareja de holandeses abordó un barco de expedición en Ushuaia, Argentina, para un viaje de cuarenta y siete días hacia la Antártida y a través del Atlántico Sur. Nunca completaron el recorrido. Días después de zarpar, ambos enfermaron gravemente con fiebre alta y colapso pulmonar. Murieron a bordo. Un pasajero alemán también falleció. El virus que los mató no vino del mar. Vino de un roedor en tierra firme.
El hantavirus no es nuevo. Lleva décadas circulando en las Américas. Entre mil novecientos noventa y tres y dos mil veintitrés, se registraron ochocientos noventa casos solo en Estados Unidos, y cerca del treinta y cinco por ciento de ellos fueron fatales. El virus vive en roedores silvestres, que lo portan sin enfermar. Los seres humanos se infectan al entrar en contacto con la orina, las heces o la saliva de esos animales, a veces simplemente al inhalar partículas suspendidas en el aire al barrer un granero o mover escombros. El virus ingresa por las vías respiratorias, ataca los pulmones y, en los casos graves, provoca un síndrome pulmonar que puede matar en cuestión de días.
Se conocen al menos veinte cepas del hantavirus capaces de causar enfermedad en humanos. La gran mayoría se transmite exclusivamente de roedor a humano, nunca de persona a persona. Hay una excepción. El virus Andes, presente principalmente en Argentina y Chile, es la única cepa del hantavirus de la que se sabe que puede transmitirse entre personas. Esa distinción, el tipo de detalle que suele quedarse enterrado en los libros de virología, fue lo que convirtió al MV Hondius en una noticia mundial.
Las autoridades argentinas trabajan con una hipótesis concreta sobre el origen del brote. La teoría principal es que la pareja holandesa pudo haberse expuesto al virus durante una visita a un relleno sanitario en la ciudad de Ushuaia, antes de abordar el barco. La región de Ushuaia y la provincia de Tierra del Fuego nunca habían registrado un caso de hantavirus antes de este brote. La pareja había participado en una excursión de avistamiento de aves por la zona. Los roedores que portan el virus Andes proliferan exactamente en ese tipo de ambiente.
El barco transportaba ciento cuarenta y siete pasajeros y tripulantes. Los primeros síntomas aparecieron entre el seis y el veintiocho de abril. El patrón se repetía: fiebre, síntomas gastrointestinales, progresión rápida hacia neumonía y síndrome de dificultad respiratoria aguda. Cuando se identificó el brote, el barco estaba anclado frente a la isla de Santa Elena, en el Atlántico Sur. Pero algo había ocurrido ya que complicó significativamente el control.
El veinticuatro de abril, casi dos semanas después de la primera muerte a bordo, más de treinta personas desembarcaron en Santa Elena. Lo hicieron sin rastreo de contactos, provenientes de al menos doce países distintos. Un pasajero había abandonado el barco antes y volado a Suiza. El caso suizo se identificó cuando el hombre buscó atención médica al desarrollar síntomas y fue aislado de inmediato. Autoridades sanitarias en cuatro continentes comenzaron a rastrear a los pasajeros que se habían dispersado por el mundo antes de que alguien supiera con qué estaban tratando.
El brote mató a tres personas — la pareja holandesa y el ciudadano alemán — y dejó al menos ocho casos confirmados o sospechosos según la OMS. Tres pacientes fueron evacuados médicamente para recibir tratamiento en los Países Bajos. Uno se encontraba en estado crítico en una unidad de cuidados intensivos en Sudáfrica cuando los laboratorios locales confirmaron el virus. Entre los pasajeros a bordo había diecisiete estadounidenses.
La noticia se propagó rápidamente. En las redes sociales, las comparaciones con la COVID llegaron casi de inmediato: un virus desconocido, un barco, pasajeros de múltiples países ahora dispersos por el mundo, personas muriendo. La pregunta que todos se hicieron fue la misma. ¿Esto va a convertirse en una pandemia?
Maria Van Kerkhove, directora de gestión de epidemias y pandemias de la OMS, explicó la distinción central: cuando se habla de transmisión de persona a persona del virus Andes, se habla de contacto físico muy cercano, compartir una litera o un camarote, prestar atención médica directa. Eso es muy diferente de la COVID y muy diferente de la influenza. Un virus pandémico necesita algo completamente distinto. Necesita propagarse antes de que la persona muestre síntomas, por el aire, a distancia, en espacios cerrados comunes. El hantavirus no hace eso.
Las investigaciones sobre el brote de Epuyén, en Argentina, en dos mil dieciocho, sugieren que la ventana de mayor infectividad del virus Andes dura aproximadamente un día, alrededor del momento en que aparece la fiebre. Incluso en esa ventana, la transmisión requería proximidad estrecha. Ese brote, que comenzó en una fiesta de cumpleaños en una pequeña aldea del sur de Argentina, mató a once personas y sigue siendo uno de los casos más documentados de transmisión de persona a persona del virus Andes en la historia.
A lo largo de toda la historia registrada del virus Andes, los investigadores estiman que han ocurrido menos de trescientos casos de transmisión de persona a persona, dentro de un total de aproximadamente tres mil infecciones. La COVID infectó a cientos de millones de personas en cuestión de meses. El hantavirus no tiene ese motor.
Epidemiólogos de la Escuela de Salud Pública T.H. Chan de Harvard señalaron que el virus no se transmite antes de que aparezcan los síntomas y carece de transmisión aérea eficiente a distancia, dos características esenciales en cualquier patógeno pandémico. Otros investigadores fueron más lejos: para que el hantavirus se convierta en una amenaza pandémica, necesitaría dar un salto evolutivo enorme, desarrollando transmisión respiratoria eficiente entre personas, y no hay evidencia de que eso esté ocurriendo.
Michael Osterholm, director del Centro de Investigación y Política de Enfermedades Infecciosas de la Universidad de Minnesota, fue directo: esto no es la próxima pandemia. Todos deben tomar aliento y saber que esto se va a resolver.
Pero hay un factor que los expertos no están ignorando, y no tiene que ver con este barco en particular. El infectólogo argentino Hugo Pizzi describió el cambio de fondo: Argentina se está volviendo más tropical a causa del cambio climático, lo que ha traído alteraciones como el dengue y la fiebre amarilla, pero también nuevas plantas que producen semillas que alimentan a los roedores, impulsando el crecimiento de las poblaciones de los animales que portan el virus. El Ministerio de Salud de Argentina reportó ciento un casos de hantavirus desde junio de dos mil veinticinco, aproximadamente el doble del registrado en el mismo período del año anterior.
Eso no es alarmismo. Son datos. El virus existe, está aumentando en Argentina, y los seres humanos siguen entrando en los hábitats donde viven los roedores portadores. Los científicos expresaron preocupación no porque el MV Hondius sea el punto cero de la próxima pandemia, sino porque el hantavirus no ha sido tan estudiado como debería. Hay vacíos en la comprensión de cómo exactamente la cepa Andes se transmite entre personas, qué condiciones lo favorecen, y qué podría cambiar con mutaciones futuras.
La evaluación oficial de la OMS, presentada por el director general Tedros Adhanom Ghebreyesus el siete de mayo, es que el riesgo para la población global sigue siendo bajo. Eso no es descarte. Es calibración. El brote del MV Hondius no es el comienzo de una pandemia. Es una señal sobre lo que ocurre cuando los seres humanos se encuentran con ecosistemas perturbados por el cambio climático, cuando los sistemas de vigilancia tardan en reaccionar, y cuando treinta pasajeros abandonan un barco contaminado antes de que alguien sepa lo que hay a bordo.
La rata no viajó en barco. Pero el virus que cargaba cruzó el Atlántico.
Si usted tiene previsto viajar a Argentina o Chile: el riesgo para turistas en zonas urbanas es mínimo. El virus Andes está asociado a entornos rurales y al contacto directo con roedores silvestres. Las caminatas, el avistamiento de aves en zonas agrícolas o las visitas a sitios con escombros y vegetación densa implican mayor riesgo que las ciudades. La precaución práctica es evitar el contacto con heces, orina o nidos de roedores, y usar tapabocas al limpiar espacios cerrados que puedan haber sido habitados por animales.
Si usted estuvo en el MV Hondius o conoce a alguien que estuvo: los pasajeros que desembarcaron antes de identificarse el brote están siendo rastreados por las autoridades sanitarias de sus países. El período de incubación del hantavirus va de una a ocho semanas. Cualquier persona con historial de viaje relacionado con el barco que desarrolle fiebre alta y dificultad para respirar debe buscar atención médica de inmediato e informar sobre ese antecedente.
Si usted está preocupado por el riesgo de pandemia: la preocupación tiene fundamento, pero no en el hantavirus tal como existe hoy. Lo que este brote hace visible es un patrón: el cambio climático amplía el territorio de las especies de roedores reservorios, los humanos tienen más contacto con esos animales, los virus que eran raros se vuelven menos raros. El riesgo no es que el hantavirus se convierta en la COVID. El riesgo es que el próximo virus con potencial pandémico surja en un ecosistema perturbado antes de que la vigilancia esté preparada. Eso ya ha ocurrido antes.
Si usted es profesional de la salud: no existe un tratamiento antiviral aprobado para el hantavirus. El manejo es de soporte, con atención estrecha a la función respiratoria. En casos sospechosos con antecedente de exposición a roedores o viaje a América del Sur, el aislamiento temprano y la notificación a las autoridades sanitarias son los pasos más importantes.
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