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Editorial: 12min
El veintiocho de febrero de dos mil veintiséis, Estados Unidos e Israel lanzaron ataques aéreos conjuntos contra Irán. En cuestión de horas, la Guardia Revolucionaria Iraní declaró cerrado el Estrecho de Ormuz. Varios buques petroleros fueron alcanzados. Las aseguradoras retiraron las coberturas de riesgo de guerra. Y el barril de crudo Brent, que había comenzado el año cerca de los sesenta dólares, se disparó por encima de los ciento veinte en pocos días.
Cuando eso ocurrió, mucha gente dijo que el petróleo caro solo le importa a los que trabajan con petróleo. Que es un asunto de traders de materias primas y jeques del Golfo Pérsico. Pero esa idea está tan lejos de la realidad como el Estrecho de Ormuz parece insignificante en un mapa... hasta que alguien lo cierra y el mundo entero lo siente.
Porque petróleo caro no es solamente gasolina cara. Es comida cara. Es plástico caro. Es fertilizante caro. Es flete caro. Es medicamento caro. Es prácticamente todo volviéndose más costoso al mismo tiempo... sin que nadie haya recibido un solo peso más a fin de mes.
Para entender lo que está pasando ahora, vale la pena mirar hacia atrás. Porque el petróleo ya ha hecho esto antes... y cada vez que lo hizo, dejó heridas profundas en la economía mundial.
El primer gran choque ocurrió en mil novecientos setenta y tres. En octubre de ese año, los países árabes productores de petróleo decidieron cortar el suministro a Estados Unidos y a otros países que apoyaban a Israel durante la Guerra de Yom Kipur. En pocos meses, el precio del barril se cuadruplicó... pasó de tres dólares a casi doce. Para quienes vivían en Estados Unidos, la vida se volvió más lenta, más oscura y más fría, según las palabras de un historiador de la época. Se formaron filas interminables en las gasolineras. La industria automotriz estadounidense, construida alrededor de carros enormes que consumían cantidades desmedidas de combustible, entró en caída libre de la noche a la mañana, mientras los fabricantes japoneses y alemanes ganaban mercado con vehículos más pequeños y eficientes.
El PIB de Estados Unidos cayó tres punto dos por ciento. El desempleo llegó al nueve por ciento. Y los economistas acuñaron un término nuevo para lo que estaban viendo... estanflación. Una combinación cruel en la que la economía deja de crecer pero los precios no dejan de subir. Piénsenlo así... es como si el cuerpo económico tuviera fiebre y al mismo tiempo sufriera de hipotermia. Los remedios convencionales no funcionan, porque tratar un problema empeora el otro.
El segundo choque llegó en mil novecientos setenta y nueve, con la Revolución Iraní. El Sha fue derrocado, la producción de petróleo iraní se desplomó y el precio del barril se duplicó otra vez, hasta llegar a treinta y cinco dólares... equivalentes a más de ciento treinta dólares de hoy. El resultado fue otra recesión global, tasas de interés altísimas en Estados Unidos y una década entera de crecimiento débil en el mundo industrializado.
En mil novecientos noventa, la invasión de Kuwait por parte de Irak provocó otro salto. Y en dos mil ocho, la combinación de la demanda creciente de China e India con la guerra en Irak llevó el barril a casi ciento cincuenta dólares... lo que ayudó a amplificar la crisis financiera global que vino después.
El patrón se repite cada vez. El petróleo sube. La inflación sube. Los bancos centrales quedan atrapados. Y la gente común paga la cuenta.
Lo que está ocurriendo en marzo de dos mil veintiséis es diferente a los choques anteriores en escala, pero familiar en su mecánica.
El Estrecho de Ormuz es un paso de agua de apenas veintiún kilómetros de ancho en su punto más estrecho. Por ahí transitan cerca de trece millones de barriles de petróleo al día... lo que equivale a más o menos el veinte por ciento de toda la oferta mundial. Además de petróleo, por el estrecho también pasan el veinte por ciento del gas natural licuado del planeta, buena parte de las exportaciones de fertilizantes de Medio Oriente y volúmenes importantes de aluminio, acero, queroseno de aviación y otros insumos industriales.
Cuando la Guardia Revolucionaria declaró el estrecho cerrado, el tráfico de buques cayó primero un setenta por ciento... y después llegó prácticamente a cero. Más de ciento cincuenta barcos quedaron fondeados esperando afuera. Grandes navieras como Maersk y Hapag-Lloyd suspendieron todas sus rutas por Medio Oriente. Las aseguradoras retiraron la cobertura de riesgo de guerra para buques en la zona, lo que hizo económicamente inviable que cualquier armador intentara la travesía.
La Agencia Internacional de Energía calificó la situación como la mayor disrupción de oferta petrolera de la historia. Los países miembros de la AIE acordaron liberar cuatrocientos millones de barriles de sus reservas estratégicas... la mayor liberación de emergencia jamás realizada, más del doble de los ciento ochenta y dos millones liberados después de la invasión rusa a Ucrania en dos mil veintidós. Estados Unidos se comprometió a aportar ciento setenta y dos millones de barriles de su Reserva Estratégica de Petróleo. Japón, que depende del estrecho para el setenta por ciento de sus importaciones de crudo, empezó a soltar sus inventarios. Alemania y Austria hicieron lo propio. Pakistán pidió a Arabia Saudita que redirigiese el suministro por el puerto de Yanbu, en el Mar Rojo, rodeando el estrecho.
Pero incluso cuatrocientos millones de barriles son un colchón finito. Analistas de JPMorgan señalaron que las medidas de política tendrían un impacto limitado mientras no se garantice el tránsito seguro por el estrecho. A la fecha, el estrecho sigue efectivamente cerrado. Los volúmenes de exportación de crudo y productos refinados están por debajo del diez por ciento de los niveles previos al conflicto. Irak y Kuwait han tenido que cerrar parte de su producción simplemente porque no hay dónde almacenar el petróleo... los tanques están llenos y no hay buques que puedan sacarlo.
Pero el petróleo es apenas la primera ficha del dominó. La cadena de consecuencias que sigue es larga y llega a prácticamente todos los rincones.
Cuando sube el barril, el primer efecto visible está en los combustibles. Gasolina, diésel, queroseno de aviación... todo empieza a subir. En Estados Unidos, los conductores pasaron de pagar un promedio de dos dólares con noventa y ocho centavos por galón antes de la guerra a tres dólares con cincuenta y ocho en apenas dos semanas... un salto del veinte por ciento. En California, la gasolina alcanzó los cinco dólares con treinta y cuatro. En San Francisco, seis con cincuenta. Las aerolíneas ya están subiendo las tarifas. Varios países de Asia introdujeron controles de precios y racionamiento.
Pero el combustible es apenas la superficie. El diésel es especialmente crítico porque mueve el transporte de carga. En todo el mundo, la inmensa mayoría de los productos que llegan a un estante de supermercado han viajado en camión, en tren o en barco... todos queman diésel o fuel oil pesado. Cuando el diésel se encarece, el flete se encarece. Y cuando el flete se encarece, todo lo que hay en la estantería también.
Después viene el fertilizante. Cerca de un tercio del comercio global de fertilizantes transita por el Estrecho de Ormuz, incluyendo grandes volúmenes de nitrógeno exportado desde los países del Golfo. Los precios de la urea en el puerto de Nueva Orleans ya subieron de cuatrocientos setenta y cinco dólares por tonelada a seiscientos ochenta... justo en plena temporada de siembra del hemisferio norte. Si el fertilizante no llega o llega a un precio prohibitivo, el agricultor siembra menos. Si siembra menos, la siguiente cosecha es más pequeña. Y el precio de los alimentos vuelve a subir meses después, por una razón completamente distinta al choque original.
El gas natural licuado es otro punto de presión. Qatar, uno de los mayores exportadores de GNL del mundo, detuvo su producción después de un ataque con dron iraní contra su infraestructura. Veinte por ciento del GNL mundial pasa por el estrecho. Pakistán y Bangladesh, que dependen casi totalmente de Qatar y de Emiratos Árabes para su gas, ya enfrentan desabastecimiento severo. Los precios del gas en Europa y Asia se han duplicado desde que empezó la guerra. Treinta por ciento del queroseno de aviación que consume Europa llega por rutas que pasan por el estrecho.
Hay una cifra del Fondo Monetario Internacional que ayuda a poner todo esto en proporción. Según el FMI, cada diez por ciento de aumento en el precio del petróleo corresponde a un incremento de cero punto cuatro por ciento en la inflación global y una reducción de cero punto quince por ciento en el crecimiento económico. Desde que comenzó la guerra, el petróleo ha subido más de un veinticinco por ciento sobre su nivel previo al conflicto.
Es exactamente el dilema que describió en su momento el expresidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke. La política monetaria no puede combatir al mismo tiempo los efectos recesivos y los efectos inflacionarios de un choque petrolero. Si el banco central baja las tasas para estimular la economía, se arriesga a alimentar la inflación. Si las sube para contener los precios, se arriesga a empujar la economía hacia una recesión.
Es lo peor de ambos mundos para quienes toman decisiones de política económica. Y es precisamente donde estamos hoy.
En Estados Unidos, Vanguard estima que la Reserva Federal probablemente hará un solo recorte de tasas en dos mil veintiséis. Goldman Sachs elevó la probabilidad de recesión estadounidense este año al veinticinco por ciento. Economistas de EY-Parthenon calculan que el alza de la gasolina podría llevar la inflación mensual en marzo hasta el uno por ciento... el mayor aumento mensual en cuatro años. En términos anuales, la inflación podría acercarse al tres por ciento. Si el crudo se mantiene por encima de ciento diez dólares durante marzo y abril, Goldman prevé una inflación del tres punto tres por ciento y un crecimiento del PIB de apenas dos punto uno por ciento.
En Europa y Japón, el panorama es más complicado. Oxford Economics modeló un escenario en el que el petróleo promedia ciento cuarenta dólares por barril durante dos meses. Concluyó que eso bastaría para empujar a la zona euro, al Reino Unido y a Japón a una contracción económica. Europa tiene una exposición particular porque el treinta por ciento de su queroseno y una parte importante de su GNL provienen de rutas que cruzan el estrecho. El economista senior europeo de Vanguard describió la situación como un potencial choque estanflacionario para la economía europea.
Asia, que recibe la mayor parte del petróleo que transita por el estrecho, está absorbiendo el golpe más directo. China, India, Japón y Corea del Sur concentran casi el setenta por ciento de los embarques de crudo por el corredor de Ormuz. Corea del Sur, Tailandia, Bangladesh y Pakistán ya implementaron medidas de emergencia. India activó disposiciones para desalentar el acaparamiento de combustibles. Japón pidió acceso a sus reservas estratégicas.
En América Latina, el impacto es desigual. Los países exportadores de crudo, como Colombia, Venezuela, Ecuador y Brasil, reciben más ingresos por exportaciones y regalías cuando el barril sube. Pero la moneda tiene dos caras. Colombia, por ejemplo, importa entre el veinte y el veinticinco por ciento de la gasolina que consume y cerca del cuarenta por ciento del diésel se ajusta por precios internacionales. El Gobierno colombiano había logrado bajar la gasolina mil pesos por galón en los dos primeros meses de dos mil veintiséis, pero el Ministro de Minas ya admitió que esa tendencia podría revertirse. El Fondo de Estabilización de Precios de los Combustibles, que amortigua las variaciones para el consumidor, acumula un déficit que crece cada día que el barril se mantiene alto. Para países importadores netos como Chile, Uruguay y la mayoría de Centroamérica, el golpe es más directo y sin colchón fiscal.
Estados Unidos, como mayor productor mundial de petróleo, está comparativamente mejor posicionado. Pero ser gran productor no vuelve inmune a nadie. El crudo representa más de la mitad del costo de un galón de gasolina en el surtidor. La cadena de suministro transmite los aumentos de forma inmediata. Y cada centavo sostenido de aumento por galón le cuesta a los consumidores estadounidenses mil cuatrocientos millones de dólares adicionales al año. Los hogares de menores ingresos, que destinan una proporción mayor de su presupuesto al combustible, son los que más lo sienten.
Escenario uno... Desescalada rápida. El conflicto se resuelve en semanas, el estrecho se reabre gradualmente y los precios del petróleo vuelven a la franja de setenta a ochenta dólares para el tercer trimestre. Este es el escenario base de la Administración de Información Energética de Estados Unidos y de la mayoría de los analistas. Las reservas estratégicas liberadas absorben el choque. La inflación sube temporalmente pero no altera la trayectoria de las tasas de interés de manera duradera. El impacto en la vida diaria se parece a lo que ocurrió tras la invasión rusa a Ucrania en dos mil veintidós... unos meses de precios elevados, seguidos de normalización. Para los inversionistas, la señal es mantener el rumbo y no vender en pánico. Para los hogares, tiene sentido aplazar compras grandes que dependan del precio de los combustibles, pero sin medidas drásticas.
Escenario dos... Conflicto prolongado, estrecho parcialmente abierto. Irán permite el paso selectivo de buques de países neutros, pero el tráfico se mantiene muy por debajo de lo normal durante meses. El petróleo se estabiliza entre noventa y ciento diez dólares. En este caso entramos en lo que los economistas llaman un arrastre estanflacionario moderado. La inflación corre medio punto porcentual por encima de lo esperado. El crecimiento se frena. Los bancos centrales se quedan quietos, sin poder bajar ni subir las tasas. Para Europa y Japón, significa coquetear con la recesión técnica. Para Estados Unidos, un año de crecimiento mediocre. Para América Latina, significa presión sobre los precios de alimentos y combustibles que ya de por sí pesan en los hogares. Para las empresas que dependen de logística, agroindustria o insumos importados, este escenario exige una atención especial a costos de flete, tiempos de entrega y cobertura cambiaria. Los precios de los alimentos suben de manera más estructural y el costo de vida se aprieta en economías desarrolladas y en desarrollo por igual.
Escenario tres... Escalada militar amplia. El conflicto se expande, la infraestructura petrolera del Golfo sufre daños importantes y el crudo supera los ciento cuarenta dólares por un período prolongado. Este es el escenario de ruptura. Oxford Economics calculó que ese nivel de precios sostenido durante dos meses empujaría a la zona euro, al Reino Unido y a Japón a una contracción. El CEO de Saudi Aramco lo describió como un escenario con consecuencias potencialmente catastróficas para el mercado petrolero mundial. Es el equivalente moderno del choque de mil novecientos setenta y nueve... agravado por el hecho de que la economía global ya carga niveles de deuda más altos, cadenas de suministro más frágiles y tensiones comerciales adicionales. En Estados Unidos, la probabilidad de recesión sube de manera considerable. En América Latina, los países exportadores ven un alivio temporal en la balanza comercial, pero la inflación importada golpea el consumo interno y los bancos centrales se ven obligados a endurecer la política monetaria justo cuando la economía necesitaría lo contrario. Para los inversionistas, es un entorno de protección... dólar, oro, activos reales. Los mercados laborales se resienten meses después del choque inicial, cuando las empresas absorben el impacto en sus costos.
Escenario cuatro... Reestructuración geopolítica permanente. El estrecho nunca vuelve a funcionar como antes. Se construyen nuevos acuerdos de suministro alrededor de rutas alternativas. Arabia Saudita amplía sus exportaciones por el Mar Rojo a través de Yanbu. Omán desarrolla sus puertos de aguas profundas de Duqm, Salalah y Sohar, fuera del alcance del estrecho. La transición energética se acelera por necesidad y no por elección. Este escenario es el menos probable en el corto plazo, pero es el que más se parece a lo que ocurrió después de los choques de los años setenta... cuando la dependencia de Medio Oriente impulsó el desarrollo del petróleo del Mar del Norte, de Alaska y de las arenas bituminosas de Canadá. La historia muestra que toda gran crisis energética produce una reorganización permanente de los flujos de energía globales.
Lo primero es entender en qué parte de la cadena se encuentra cada quien.
Si usted es consumidor, el impacto llega al surtidor de gasolina, a la factura de energía y al supermercado. Cada centavo sostenido de aumento en el galón de gasolina les cuesta a los consumidores estadounidenses mil cuatrocientos millones de dólares al año en su conjunto. En América Latina, donde los subsidios amortiguan el golpe en algunos países, el efecto es más lento pero igualmente inevitable. Monitorear los precios del combustible, aplazar compras grandes vinculadas al transporte si tiene la flexibilidad de hacerlo, y tener presente que los precios de los alimentos siguen a los del combustible con un retraso de dos a cinco semanas mientras los costos de flete se transmiten por la cadena.
Si usted trabaja en logística, agroindustria, manufactura o cualquier sector que dependa de insumos importados, este es el momento de revisar contratos de flete, adelantar compras de insumos donde sea posible y evaluar instrumentos de cobertura cambiaria. La volatilidad de los próximos meses va a ser alta. Expertos en cadena de suministro estiman que la presión real del desvío de buques llegará a los puertos entre dos y cinco semanas, a medida que los contenedores redirigidos arriben en oleadas y generen congestión.
Si usted invierte, el entorno favorece los activos vinculados a energía y materias primas en el corto plazo, pero pide precaución con la renta variable en economías importadoras de petróleo. La diversificación por geografía y por clase de activos no es un lugar común en este momento... es una protección concreta contra un choque que puede durar semanas o meses. Para quienes invierten en renta fija, vale tener en cuenta que los choques de oferta energética tienden a presionar simultáneamente ambos lados del mandato de un banco central, lo que genera un período prolongado de incertidumbre en la política monetaria.
Y sin importar en qué posición esté, preste atención a las señales. El precio del petróleo funciona como una especie de termómetro de la salud geopolítica del mundo. Cuando se dispara, no está diciendo solamente que el combustible se puso caro. Está diciendo que algo grande se salió de su lugar... y que los efectos van a llegar hasta usted, incluso si el Estrecho de Ormuz parece estar al otro lado del planeta.
Porque está. Pero el precio de lo que usted va a pagar mañana en el mercado, no.
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