¿Quién paga el precio de la guerra? Spoiler: revise su bolsillo - Reseña crítica - 12min Originals
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¿Quién paga el precio de la guerra? Spoiler: revise su bolsillo - reseña crítica

translation missing: es.categories_name.radar-12min, Sociedad y política y Carrera y negocios

Este microlibro es un resumen / crítica original basada en el libro: 

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ISBN: 

Editorial: 12min

Reseña crítica

La cuenta llegó: qué se está encareciendo en el mundo y quién va a pagar primero

Hay una prueba sencilla para saber si una crisis es real o si es solo un titular de periódico. La respuesta está en el carrito del supermercado. Cuando el precio del arroz sube en Somalia, cuando el diésel salta sesenta por ciento en Italia y cuando Sri Lanka vuelve a racionar combustible con filas kilométricas y códigos QR... la crisis ya cruzó la frontera de lo abstracto.

El veintiocho de febrero de dos mil veintiséis, Estados Unidos e Israel lanzaron una operación militar coordinada contra Irán. La respuesta de Teherán no llegó solo con misiles y drones. Llegó por el mar. Irán restringió el tránsito por el Estrecho de Ormuz, la vía marítima más valiosa del planeta en términos económicos. Por allí pasa cerca del veinte por ciento del petróleo global, una quinta parte del gas natural licuado y, un detalle que poca gente conocía, casi un tercio de todo el fertilizante que se comercializa en el mundo.

Este Radar no trata sobre la guerra en sí. Trata sobre lo que se está encareciendo por causa de ella, quién lo va a sentir primero y qué puede hacer usted con esa información.

La velocidad del impacto es lo primero que sorprende. A diferencia de los aranceles comerciales, que tardan meses en filtrarse por la cadena productiva, el choque del Estrecho de Ormuz llegó en días. Gerentes de fábricas, agricultores y operadores de carga lo sintieron antes de que los economistas publicaran sus primeros informes.

El petróleo Brent, referencia internacional, saltó por encima de los cien dólares el barril en la primera semana del conflicto. Un aumento de aproximadamente cincuenta por ciento frente al precio anterior a la guerra. Los futuros de diésel tocaron niveles que no se veían desde dos mil veintidós. El gas natural en Europa, medido por el índice holandés TTF, se disparó más de cincuenta por ciento. Los precios del gas licuado en Asia se duplicaron con creces cuando Catar declaró fuerza mayor en la producción, después de que drones iraníes alcanzaran instalaciones gasíferas.

Pero aquí está el dato que lo cambia todo: el Estrecho de Ormuz no es solo una arteria de petróleo. Es una arteria de alimentos. Arabia Saudita, Catar, Emiratos Árabes Unidos, Omán y el propio Irán son grandes productores de fertilizantes nitrogenados como la urea y el amoníaco. La producción depende del gas natural, que ahora está carísimo. El transporte depende del Estrecho, que ahora está prácticamente cerrado. Resultado: el precio de la urea, el fertilizante más utilizado en el planeta, subió cerca de cincuenta por ciento en menos de tres semanas. En el puerto de Nueva Orleans, principal centro de importación de Estados Unidos, la urea pasó de quinientos dieciséis dólares por tonelada métrica en febrero a seiscientos ochenta y tres dólares en marzo. En términos que cualquier agricultor entiende: en diciembre, una tonelada de urea costaba el equivalente a setenta y cinco fanegas de maíz... ahora cuesta ciento veintiséis.

Y el fertilizante tiene un detalle cruel. A diferencia del petróleo, no existen reservas estratégicas de fertilizantes. Ningún gobierno en el mundo almacena urea o amoníaco de emergencia como almacena barriles de crudo. La economista jefe de la FAO, la agencia de las Naciones Unidas para la alimentación, fue directa: la pérdida de las exportaciones del Golfo genera un déficit global inmediato sin sustitutos rápidos.

Miremos el mapa. ¿Quién lo está sintiendo más?

Empecemos por Asia, que recibe el golpe más fuerte. El ochenta y cuatro por ciento del petróleo y el ochenta y tres por ciento del gas licuado que pasaba por el Estrecho iba dirigido a países asiáticos. Japón importa el noventa por ciento de su petróleo del Medio Oriente, casi todo a través de Ormuz. Corea del Sur, el setenta por ciento. India, que importa cerca del noventa por ciento de todo el petróleo que consume, está en una posición particularmente frágil... más de la mitad de su crudo y tres cuartas partes de su gas doméstico llegan por el Estrecho.

En la ciudad india de Pune, las autoridades suspendieron el uso del gas doméstico para cremaciones con el fin de preservar el suministro para los hogares. En Pakistán, la liga nacional de críquet prohibió el ingreso de público a los estadios como medida de ahorro de combustible. El gobierno impuso una semana laboral de cuatro días para empleados públicos y decretó el mayor aumento de gasolina en un solo día en la historia del país.

Sri Lanka es quizás el caso más dramático. Un país que depende por completo del combustible importado, que todavía se recuperaba del colapso económico de dos mil veintidós, cuando incumplió el pago de su deuda soberana por primera vez. En marzo de dos mil veintiséis, el gobierno decretó semana laboral de cuatro días, reintrodujo el racionamiento de combustible mediante un sistema de códigos QR y subió los precios de gasolina y diésel un veinticinco por ciento... por segunda vez en dos semanas. El litro de gasolina volvió al nivel de precios del colapso de dos mil veintidós. Los analistas proyectan que la inflación del país puede subir entre cinco y ocho puntos porcentuales. El crecimiento económico, previsto entre cuatro y cinco por ciento, podría caer a dos y medio. El presidente Dissanayake pidió al país que se prepare para un conflicto prolongado.

Bangladés, Filipinas, Vietnam y Tailandia también adoptaron medidas de emergencia. Los gobiernos enviaron a sus empleados a trabajar desde casa, cerraron escuelas y redujeron los horarios del transporte público. En Tailandia, los funcionarios recibieron instrucciones de subir por las escaleras en vez de usar los ascensores y de cambiar el saco por manga corta para reducir el consumo de aire acondicionado. Puede parecer un detalle menor, pero cuando un gobierno les pide a sus funcionarios que suban escaleras para ahorrar energía, la señal es clara: el margen se acabó.

Ahora, el África subsahariana. Aquí es donde la crisis puede convertirse en catástrofe.

Más del noventa por ciento del fertilizante que se consume en el África subsahariana es importado. En países como Sudán, que importa más del ochenta por ciento del trigo y lleva casi tres años sumido en una guerra civil, y en Somalia, que enfrenta una sequía severa, los precios de los alimentos ya subieron veinte por ciento como efecto directo de la guerra en Irán. El Programa Mundial de Alimentos estimó que el conflicto podría empujar a cuarenta y cinco millones de personas adicionales a la inseguridad alimentaria aguda, llevando el total global por encima del récord de trescientos diecinueve millones.

La trampa para estos países es doble. Por un lado, la mitad del presupuesto familiar ya se destina a la comida. Cualquier aumento de cinco o diez por ciento en los precios de alimentos es devastador. Por el otro, los gobiernos no tienen espacio fiscal para absorber el golpe. Si mantienen los subsidios al combustible, el déficit se dispara. Si los retiran, las calles se encienden. No hay respuesta buena en esa ecuación.

En Europa, el problema tiene otro matiz.

El continente entró a la crisis con reservas de gas natural en niveles históricamente bajos, cerca del treinta por ciento de su capacidad, tras un invierno duro. Los precios del gas casi se duplicaron. La zona euro, que ya crecía poco, ahora enfrenta proyecciones de contracción en el segundo trimestre y estancamiento en el segundo semestre.

El Banco Central Europeo está bajo presión para subir las tasas de interés. Los operadores del mercado ya han descontado casi tres alzas de un cuarto de punto porcentual antes de fin de año. El Banco de Inglaterra señaló que podría subir tasas desde abril. Son decisiones que suenan técnicas, pero traducidas a la vida cotidiana significan cuotas de vivienda más altas, crédito más caro e inversión más lenta.

En Italia, Francesco Scala, vinatero de tercera generación en Calabria, vio cómo el diésel subió sesenta por ciento justo en época de siembra. Los costos de fertilizantes y pesticidas se duplicaron porque los embarques que transitaban por Ormuz se detuvieron. Los aranceles estadounidenses ya estaban comprimiendo la demanda de vino italiano en Estados Unidos. Su cálculo fue preciso: si le sumo un euro al precio de la botella, con seguridad voy a vender menos vino. Así que absorbe el costo, comprime su margen y confía en que el conflicto termine antes de la próxima cosecha.

En Estados Unidos, el mecanismo es distinto, pero el resultado converge. El gobierno de Trump había planeado un estímulo silencioso para dos mil veintiséis: devoluciones de impuestos alrededor de veinte mil millones de dólares mayores que el año anterior. La idea era poner dinero en el bolsillo de las familias y sostener el consumo.

La guerra está erosionando esa estrategia en tiempo real. Economistas de Citigroup calcularon que un aumento del veinte por ciento en los precios del combustible obliga a los estadounidenses a gastar cerca de seis mil millones de dólares adicionales por mes solo en gasolina. Si los precios se mantienen elevados durante tres a cuatro meses, toda la ventaja de las devoluciones se habrá consumido en el tanque del carro.

En California, la gasolina ya superó los cinco dólares por galón. Los agricultores que ya perdían dinero cultivando maíz y arroz, con la deuda agrícola en su nivel más alto de la historia, ahora enfrentan fertilizantes treinta por ciento más caros y diésel por las nubes. El gobierno distribuyó siete mil millones de dólares en asistencia, pero como dijo un agricultor de Iowa: el cheque apenas llegó a la finca y ya salió por la puerta de vuelta hacia el proveedor de fertilizante.

Hay una capa de esta crisis que pasa casi desapercibida. 

El Estrecho de Ormuz no es solo petróleo y fertilizante. Catar produce cerca del cuarenta por ciento del helio mundial, un gas esencial para la fabricación de semiconductores y para equipos de imagen diagnóstica como la resonancia magnética. El azufre, un subproducto del procesamiento de petróleo y gas, es insumo crítico para la industria del cobre y para la producción de ácido sulfúrico. Los países del Golfo representan alrededor del cuarenta y cinco por ciento del comercio global de azufre. Cuando el azufre se detiene, la cadena de minería se frena, la cadena de electrónicos lo siente, y los precios suben en productos que aparentemente no tienen nada que ver con el Medio Oriente.

Y está el agua. Ataques iraníes alcanzaron plantas desalinizadoras en Baréin y cayeron cerca de un complejo con cuarenta y tres plantas en Arabia Saudita. Son cuatrocientas plantas desalinizadoras en la región del Golfo, responsables de casi el cuarenta por ciento del agua desalinizada del mundo. En Kuwait, el noventa por ciento del agua potable proviene de estas instalaciones. Cien millones de personas dependen de ellas para tomar agua limpia.

La modelación económica de Bloomberg trazó dos caminos. Si el conflicto dura semanas y el Estrecho sigue bloqueado, el petróleo se estabiliza cerca de ciento diez dólares por barril. En ese escenario, el PIB de la zona euro y del Reino Unido se contrae alrededor de medio punto porcentual, la inflación sube cerca de un punto y Estados Unidos ve su inflación correr cero punto siete puntos porcentuales por encima de la trayectoria previa a la guerra.

Si el conflicto se extiende por tres meses, el petróleo podría acercarse a ciento setenta dólares. Todos los daños prácticamente se duplican. La Organización Mundial del Comercio advirtió que su proyección de crecimiento del uno punto nueve por ciento en el comercio global de mercancías para dos mil veintiséis está en riesgo serio.

El veinticuatro de marzo, Trump extendió el plazo de reapertura del Estrecho por cinco días, citando negociaciones en curso. Los mercados respondieron de inmediato: el petróleo cayó, las acciones se recuperaron, los rendimientos de los bonos del Tesoro bajaron. La reacción confirmó lo que todo analista ya sabía... la variable más importante de la economía global en los próximos meses no es el PIB de ningún país, no es la tasa de interés de ningún banco central. Es si este conflicto termina en semanas o en meses.

Qué hacer con esta información

Separémoslo por escenarios.

Escenario uno: resolución en semanas. Si un cese al fuego creíble surge en las próximas dos a cuatro semanas, los precios del petróleo retroceden, los mercados respiran y el impacto global queda limitado a un sobresalto inflacionario temporal. En ese caso, la mayoría de las economías absorben el choque sin cambios estructurales. Para quien invierte, la volatilidad actual puede generar oportunidades de entrada en activos que han caído más de lo que sus fundamentos justifican, especialmente en mercados emergentes asiáticos. Para quien consume, conviene aplazar compras grandes que dependan de fletes o insumos importados, esperar dos a tres semanas y reevaluar.

Escenario dos: el conflicto se prolonga entre dos y tres meses. Aquí el panorama cambia. La inflación se consolida, los bancos centrales suben tasas con más agresividad, el crédito se encarece y el consumo se desacelera. Países como Sri Lanka, Pakistán y naciones del África subsahariana entran en riesgo real de crisis fiscal. Para Colombia, este escenario es especialmente relevante. El país importa una parte significativa de sus fertilizantes y depende del gas natural para la producción agrícola. Si los insumos se encarecen de forma sostenida, los costos de producción suben en toda la cadena, desde la papa y el arroz hasta la carne y el aceite de cocina. Además, como exportador de petróleo, Colombia podría recibir ingresos adicionales por el crudo, pero ese beneficio no compensa el golpe que reciben los hogares por la inflación importada de alimentos y transporte. En este escenario, conviene revisar cualquier compromiso financiero de largo plazo, evitar deudas con tasa variable y, en lo posible, anticipar compras de insumos esenciales antes de que el repunte de precios llegue al consumidor final.

Escenario tres: escalamiento o ruptura prolongada. Este es el escenario que los economistas llaman estanflación... crecimiento débil con inflación alta, una combinación que vuelve dolorosa cualquier decisión de política económica. Si el petróleo llega a ciento setenta dólares, el impacto en el costo de vida se sentirá en todo, desde el pasaje de bus hasta el recibo de la luz. En ese caso, las prioridades son conservar liquidez, reducir la exposición a sectores sensibles a la energía y recordar que en toda crisis de oferta, quien tiene inventario vende caro y quien necesita comprar paga el precio.

Una nota final.

En dos mil veintidós, cuando Rusia invadió Ucrania y el mundo enfrentó un choque similar de energía y fertilizantes, la salida fue aumentar importaciones desde el Medio Oriente. Esa puerta ahora está cerrada. No existe un plan B equivalente. La resiliencia del sistema global de alimentos está siendo puesta a prueba por segunda vez en cuatro años, y esta vez, la red de seguridad es más delgada.

Cada semana adicional de conflicto no suma daños de forma lineal. Los multiplica.

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